Mientras escucho las "Nocturnes" de Chopin trato de hilvanar ideas y escribir sobre un tema que me apremia: La capacidad - hoy tan escasa- para la contemplación.
Estamos siempre tan distraídos en el frenesí del mundo, como alicorados con el néctar de lo baladí, bajo una espiral de mundanidades y paralizados por el ruido estrepitoso de las ocupaciones que somos incapaces de detenernos, de hacer un alto y contemplar en silencio lo que nos rodea e intentar cuestionarnos el lugar que ocupamos en este orden de cosas llamado mundo. Hemos perdido la capacidad de la introspección, de fijar la mirada en el horizonte de nuestro imaginario, para entrar en contacto con lo trascendente, para mutar de lo finito a lo eterno. Pasar sigilosamente del bullicio al silencio interior y cuestionarnos: ¿Soy feliz?, ¿Estoy satisfecho con lo que soy?¿Qué me define?.
Vamos perdiendo esa capacidad de fijarnos en lo importante, de observar con mirada diáfana y con detalle lo que está y a los que están en nuestro alrededor, porque no se trata de ensimismarnos con nuestras propias veleidades, se trata de posar la mirada de adentro hacia afuera, de escarbar en la superficie de las cosas, porque detrás de lo perecedero hay algo imperecedero, detrás de nuestra carne está el alma y detrás de cada alma está la Omnipotencia de Dios. Sí, ahí está Él, esperando detrás del silencio de una madrugada, del primer canto de un pájaro al amanecer, del vaivén de las olas, allí cuando el sol se esconde debajo del mar en un atardecer en el Caribe o en el sollozo del viento.
Contemplar es también poder verlo a Él, es saber descansar en las manos del Creador, del Hacedor de toda la belleza que nos rodea.
Contemplar es importante,
Contemplar es urgente.





